libres al sol

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La educación como arte y urgencia

jueves, 25 de marzo de 2010

Claudio "Pocho" Lepratti.

Ponerle nombre a la Escuela

Nuestra escuela media cumplirá en pocos días más, sus primeros diez años. Como parte de nuestro festejo, le pondremos nombre.

Nombrar es reconocer la identidad. Cuando soñamos el nombre de nuestros hijos, los hacemos nuestros y también diferentes de todos los demás. Luego les enseñamos poco a poco a ellos mismos a nombrarse, y así saben quienes son.

Nuestra “Media 7” es parte del servicio educativo de adultos. Una secundaria que no pudo ser estímulo para que un adolescente se inserte en el mundo del trabajo. La educación de adultos concentra a los ciudadanos donde el Estado llega tarde. Pero nuestra “Media 7” tiene algo mas que la distingue de sus pares del distrito: está inserta en una institución penitenciaria, en una cárcel. De algún modo testimonia de forma dolorosa, el fracaso de los acuerdos básicos de convivencia pacífica.

Concentramos en nuestras aulas el mayor objeto de desprecio y abandono ciudadano: el delito, la pobreza, la enfermedad, el pasado de trabajo infantil y de abuso sexual. Aquello que en suma llamamos “marginalidad”, resaltando la exclusión.

“Ponerle nombre” a la escuela, es afirmar la voluntad de responder a estas profundas injusticias con una voz que intente la esperanza y la igualdad.


Claudio “Pocho” Lepratti.

Su vida

Nació el 27 de febrero de 1969 en Concepción del Uruguay, en la provincia de Entre Ríos. Fue el mayor de seis hermanos de una familia de trabajadores rurales. En esta ciudad cursó la escuela primaria y secundaria. Entre 1983 y 1985 estudió Derecho en la Universidad Nacional del Litoral como alumno libre.

En 1986 ingresó como seminarista en el Instituto Salesiano de la localidad de Funes, unos 15 Km. al oeste de Rosario, provincia de Santa Fe. Allí conoció la realidad de los barrios más pobres que bordean a la gran ciudad y se dedicó paulatinamente a tareas de educación y promoción social. Impactado por la realidad, propuso continuar los estudios viviendo en la villa en la que trabajaba. Ante la negativa abandonó el seminario en 1991, viviendo primero en el barrio Empalme Graneros y un año después en el humilde barrio Ludueña, donde compró una casilla. Trabajó primero en una fábrica y luego en el Centro Crecer Nº19 y la escuela Luisa Mora de Olguín, del barrio Ludueña como profesor de Filosofía. También como ayudante de cocina en la escuela 756 del Barrio las Flores.

Promovió la formación de más de veinte grupos de niños y jóvenes de las barriadas populares de Rosario. Participó en instancias de coordinación con otros grupos como la revista El Ángel de Lata, el movimiento Chicos del Pueblo, y comunidades eclesiales de base como Poryajhú ("pobres" en guaraní), y el grupo Desde el Pie.

Fue promotor de grupos de huertas orgánicas y cría de pollos a través de su participación en el programa Pro huerta del INTA. Colaboró en la multiplicación de Talleres barriales, en el marco de los cuales, se formaron grupos de mujeres y jóvenes en temáticas como prevención de salud, y tareas como la producción de jabón, fabricación de hornos de barro y desarrollo de comedores comunitarios.

Ideó junto a los adolescentes y jóvenes del barrio, los periódicos LA NOTA y LA NOTITA, los cuales eran realizados por los propios pibes a través de la participación en talleres de comunicación popular.

Participó en proyectos de prevención del VIH/SIDA, particularmente en el proyecto "VIH/SIDA y el Mundo del Trabajo" que coordinó acciones durante más de un año con el apoyo de PROMUSIDA de la Municipalidad de Rosario.

Fue delegado de base de ATE (Asociación Trabajadores del Estado) de Rosario y congresal de la CTA de la misma ciudad.

El gesto final.

Celeste Lepratti, su hermana cuenta los sucesos del final: “ese 19 de diciembre de 2001 Rosario era un caos. Ya se había desatado la represión en distintas barriadas, con un muerto. El estaba con un compañero de trabajo preparando la comida para los chicos de la escuela 756 del Barrio las Flores. Subió a la terraza, para ver qué pasaba alrededor. A pocos metros de ahí había vecinos reclamando por comida. La policía pasaba disparando a mansalva. Poco antes de las seis de la tarde pasó de nuevo el móvil policial en contramano, Pocho les gritó que dejen de tirar, que ahí había chicos comiendo. El auto paró, bajaron dos de los policías y dispararon. Uno de esos disparos fue certero y le quitó la vida. Se subieron al auto y se fueron. Claudio fue asistido por sus compañeros, la ambulancia no llegaba y lo llevaron en un auto. Pero el tiro fue fatal, la hemorragia era muy grande y en el hospital no hubo forma de salvarlo. Tenía treinta y cinco años”.

No es una escena fortuita. Claudio culmina su vida en coherencia con sus elecciones y renuncias. Grita en el techo de una escuela pobre defendiendo a los chicos que alli comen. Su última palabra, que León Gieco hará estribillo de una canción, es el eco de todas sus acciones en promoción de algo mejor para niños y jóvenes marginados.

Dice el poeta Fernando Pessoa, como prestándole palabras a esta muerte:

De todo, quedaron tres cosas:
la certeza de que estaba
siempre comenzando,
la certeza de que había que seguir
y la certeza de que sería
interrumpido antes de terminar.
Hacer de la interrupción un camino nuevo,
hacer de la caída, un paso de danza,
del miedo, una escalera,
del sueño, un puente,
de la búsqueda…un encuentro.

Su obra

Pocho y su bicicleta eran compañeros inseparables. Cada día, atravesaba pedaleando la ciudad, cubriendo un recorrido de entre ocho y diez kilómetros. Con frío o calor, con lluvia o viento, llegaba a todas partes sobre su rodado. Ésta fue la causa por la que es recordado como un ángel con alas montado en su bicicleta. Miles de pintadas en Rosario reproducen esta imágen.

Al verlas Leon Gieco en ocasión de un recital, se enteró de la obra de Claudio y le dedicó una canción. En su último disco, Mercedes Sosa la cantó junto a Gustavo Cordera.

El ángel de la bicicleta

Música: Luis Gurevich / Letra: León Gieco

Cambiamos ojos por cielo
Sus palabras tan dulces, tan claras
Cambiamos por truenos
Sacamos cuerpo, pusimos alas
Y ahora vemos una bicicleta alada, que viaja
Por las esquinas del barrio, por calles
Por las paredes de baños y cárceles

Bajen las armas!!
Que aquí solo hay pibes comiendo.

cambiamos fe por lágrimas
Con qué libro se educó esta bestia
Con saña y sin alma
Dejamos ir a un ángel
Y nos queda esta mierda
Que nos mata sin importarle de donde venimos
Que hacemos, qué pensamos
Si somos obreros, curas o médicos

Bajen las armas!!
Que aquí solo hay pibes comiendo.

Cambiamos buenas por malas
Y al ángel de la bicicleta lo hicimos de lata
Felicidad por llanto
Ni la vida ni la muerte se rinden
Con cunas y cruces
Voy a cubrir tu lucha más que con flores
Voy a cuidar tu bondad más que con plegarias

Bajen las armas!
Que aquí solo hay pibes comiendo.

Cambiamos ojos por cielo
Sus palabras tan dulces, tan claras
Cambiamos por truenos
Sacamos cuerpo, pusimos alas
Y ahora vemos una bicicleta alada, que viaja
Por las esquinas del barrio, por calles
Por las paredes de baños, y cárceles

Bajen las armas!!

Que aquí solo hay pibes comiendo

Las escuelas en cárceles, un trabajo de hormiga.

Después del crimen, Claudio se convirtió en “Pochormiga”. Por eso también las pintadas de hormigas caminando en las paredes lo recuerdan. Ante el discurso de la imposibilidad de cambiar nada, Lepratti contestaba que es necesario trabajar siempre, sin descanso y junto a los demás, como las hormigas.

El centro cultural Pocho Lepratti y la biblioteca pública que también lleva su nombre, continúan el trabajo de los talleres de “hormiga” que inició Claudio.

A partir del 30 de octubre de 2009, la Escuela 1375 del Barrio Santa Lucía de la ciudad de Rosario lleva el nombre de Claudio “Pocho” Lepratti.

El barrio Ludueña de Rosario nació como resultado del cierre de los talleres ferroviarios en la época de las privatizaciones. Como tantas villas de nuestra provincia, es el testimonio lacerante de la desocupación y el consumismo de la década de los años 90 en nuestro país. Coincidentemente es la época de nuestra historia en que el delito contra la propiedad se ha multiplicado, y con el las cárceles llenas de jóvenes.

Nuestra escuela es un espacio donde podemos renovar la utopía de la educación como forma de igualdad y justicia.

El ejemplo de Pocho Lepratti, un militante social, ofrece una alternativa diferente al delito y la violencia, para responder a la injusticia, la desigualdad y la discriminación.

Por esta razón sugiero, invito, les pido: ¿podríamos llamar “Claudio Lepratti” a nuestra querida Escuela?

Gracias. Muchas gracias.

miércoles, 3 de marzo de 2010

Preparando los diez años de la Escuela

En mayo de este año nuestra escuela media 7 de Campana cumple 10 años, mejor dicho, cumplimos 10 años. No hay otro sujeto posible donde se encarne esta realidad de nuestra escuela, que en el presente. Los que hoy somos la escuela, y me refiero con esto a los directivos, docentes y por sobre todas las cosas a los alumnos, hacemos memoria de los años pasados y festejamos lo que somos hoy. Estas líneas son solo un borrador para pensar. Como todo borrador sirve para provocar, para iniciar alguna idea en común y también para ser desechado.

Tenemos muchas posibilidades para celebrar este aniversario. Una de ellas, la más habitual, será la preparación de diferentes actos que subrayen la memoria histórica, el festejo, el reconocimiento, etc. Serán una vez mas un momento comunitario que necesitamos.

Junto con estos gestos públicos, también se nos brinda otro desafío común, pensar en quien somos. En este sentido, mas que un buceo en una realidad completa y oculta, se trata mas bien de buscar objetivos deseados y posibles, compartir motivaciones que entusiasmen y porque no, intentar librarnos de los obstáculos que nos atemorizan y detienen. Quizá la identidad de nuestra escuela sea mas un acto de decisión que un descubrimiento. En este sentido, la pregunta adecuada no es “quien somos” sino más bien “quien queremos ser”. Es cierto que para hacernos ambas preguntas es siempre saludable intentar la memoria de quien fuimos.

Solo como un apunte desprolijo se me ocurren algunos renglones para iniciar la vuelta.

Michel Foucault describe las tres patas que sostienen la mesa de la sociedad del mercado capitalista, germinada en la modernidad: la escuela, la fábrica y la cárcel. Los tres espacios darán “lugar” al nuevo ciudadano. Los tres tendrán una herramienta común: la disciplina.

En “vigilar y castigar. El nacimiento de la prisión”, quizá uno de sus principales textos, dice que la médula de la disciplina es “explorar, desarticular y recomponer” al hombre que la ciudad necesita. Las palabras evocan casi literalmente la acción del Dr. Frankestein fabricando al “hombre necesario”.

Observar, evaluar, diagnosticar, como formas de una mirada que no “reconoce” sino más bien explora para el control.
Desarticular, romper vínculos “nocivos”. En algunos casos literalmente romper huesos. Desautorizar, descalificar saberes “incorrectos”, “viciosos” y sobre todo improductivos.
Recomponer. Armar las cosas como “deben ser”. Rehabilitar, resocializar. Reconvertir la rebeldía en docilidad.

Foucault dice que la disciplina moderna busca dos efectos simultáneos: bajar la violencia y rebeldía que obstaculiza el proyecto ciudadano, y acrecentar la fuerza productiva.

La escuela será un tutor (la varita que se ata al árbol para que no se doble) que evite desvíos y los corrija si han comenzado incipientemente. La fábrica será el camino ordenado de tener cosas (el hombre que compra) dentro de la ley, y la cárcel será el espacio que suplante al Estado vengativo y verdugo para intentar con máxima firmeza lo que los espacios previos no han logrado. La ultima oportunidad de hacer un hombre de bien, dirían nuestros abuelos.

Se me ocurre que la apropiación de niños en la dictadura tenía este modelo como imaginario. Desgajar a una persona de su identidad y su entorno “deformante” para ofrecerle una familia “correcta”.

No quiero abaratar un tema tan nudoso y complejo de la reflexión contemporánea. Tampoco es mi propuesta un debate filosófico. Se me ocurre necesario acaso, el diálogo simple sobre la escuela como medio de hospedaje humano. Como espacio de diálogo en el que la palabra suplante al gesto violento. Pensar en nuestra sociedad, en nosotros, corriendo permanentemente detrás de los mismos bienes que nuestros alumnos roban. El delito contra la propiedad merece ser pensado con criterios diferentes a los del final de la segunda guerra. Nuestras cárceles están pobladas de jóvenes entre dieciocho y veinticinco años. La misma franja etaria que no encuentra trabajo, que cuando lo encuentra paga derechos de piso infrahumanos. Es la edad a la que apuntan todos los posibles consumos abusivos legales e ilegales, desde el celular hasta la pasta base de cocaína. Es la edad que mas muere en las rutas en accidentes de tránsito.

Nuestra escuela solo es “carcelaria” si continúa la hipocresía de una sociedad que invita a la realización personal por la posesión de bienes como único camino, y luego no ofrece alternativas claras e igualitarias de acceso. Somos educadores de un país que sanciona como extrañas a si misma las cosas que antes inspiró en la conducta de sus dirigentes y autoridades.

El setenta por ciento de los encarcelados tienen relación con el robo automotor. Un delito que solo es sustentado por un negocio millonario, donde nuestros alumnos roban, muchas autoridades policiales y políticas sostienen y lucran, y una cantidad realmente inmensa de ciudadanos, compra piezas robadas con la conciencia limpia. Ninguno de los tres componentes del negocio es ajeno. Es bueno que no se justifique el delito. La escuela sin embargo es el espacio donde debemos poder dialogar, o sea: escucharnos, hablar y encontrar soluciones reales a la violencia ciudadana y al dolor hecho habitualidad y costumbre.

La escuela es la primera ley extrafamiliar que propone orden en el acuerdo democrático. Sin embargo nuestro país vive una crisis de legalidad.

En un orden mas subjetivo, aquellos que enseñamos en nuestra escuela, también estamos sometidos al miedo de todos los argentinos. Para todos, la inseguridad es una realidad que se mueve entre el mensaje de los medios de comunicación, que la transforma en un espectáculo y las medidas familiares de protección y cuidado. Sin embargo nosotros entablamos una relación pedagógica y por ende política con esa población señalada como protagonista de la violencia ciudadana. ¿Como vivimos este doble protagonismo como víctimas del miedo y creadores de confianza en un aula?

Nuestra dificultad para compartir públicamente conflictos y articular soluciones concretas, junto a un mundo subterráneo de comentarios y difamaciones, se parece demasiado al clima de desconfianza y secreto de la vida carcelaria.

La educación sigue siendo la única utopía que posibilite justicia y equidad en la construcción social. Educar en una cárcel es intentar con medios nuevos y viejos el acuerdo básico de una identidad ciudadana en paz.


Francisco Mina

Hacer lugar al lugar de otro.

Hacer lugar al lugar de otro.
Toma de la película "El pibe"

Somos hijos de alguien que nos mira y nos nombra.

Luego de perder un hijo recién nacido, Chaplin comienza a pensar el guión de la película "El Pibe" (The Kid). Las imágenes del film son el recorrido de esta mirada de Chaplin que busca deseperadamente un sentido a esta pérdida. La foto del momento en que Carlitos "elige" a este bebe abandonado y le pone nombre, me pareció un instante de la historia humana en busca del reconocimiento. Educar es hacer lugar al lugar de otro.

Francisco Mina